lunes, 28 de noviembre de 2011

UNA ARAÑA EN EL ZAPATO


Este libro gira en torno a la narración vista desde la parte teórica y las prácticas discursivas.
Enfatiza las nuevas visiones de la narración oral, ya que no solo nos muestra el relato de ficción o referencial; sino que amplía nuestro marco conceptual acerca de las modalidades del relato.
Se propone a la entrevista como una buena opción a través de una lectura analítica  y los relatos orales. El objetivo de este método radicará por tanto en la elaboración de ensayos.
Se pone de manifiesto la intervención de autores latinoamericanos quienes amplían nuestras posturas teóricas.
Los modelos tomados serán entonces el estructuralismo francés y el formalismo ruso, en el caso del lector lo que se pretende es conseguir una inteligencia narrativa, es decir su grado de cultura sobre la narración, proporcionando diversos matices de la lengua.
Entre las figuras más destacadas del texto es posible señalar a Ferdinand de Saussure, a  Mijail Bajtin y Paul Ricoeur (el primero nos definirá a la lengua, el segundo resaltará la importancia de las entrevistas y el tercero quien utilizará diverso métodos con el fin de obtener buenos ensayos).
Se realza a demás a la Historia oral como un componente indispensable para construir herramientas para el análisis y la interpretación, se menciona la etnografía que supone la práctica concreta del entrevistar y se concluye en que el ensayo se apoya en un texto que brinda el género y otro que lo ilusiona.

EL MODELO PEDAGÓGICO EMANCIPADOR PARA LA TRANSFORMACIÓN (MPET


1.   1. El MPET se cimienta sobre la base del paradigma sociocultural de Vigotski, el concepto de EMANCIPADOR significa una educación para la liberación mental- ideológica y superación de la alienación y el pragmatismo que están impregnados en la personalidad de la población joven; el objetivo es acabar con el modelo capitalista neoliberal que impera en nuestro país, pero esto es posible si se emplea una didáctica concientizadora.

2.     2.  El objetivo del modelo es el logro que se proyecta a la TRASFORMACIÓN para ir procesándolo dentro y fuera de las aulas. Esto nos conlleva a reflexionar y planificar los contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales que van a asimilar nuestros alumnos, determinando la naturaleza de nuestros conocimientos. La aplicación de la ciencia es de suma importancia.


3.    3.   La precisión del MPET no anula el concepto INTEGRADOR que abarca tres niveles:
a-      Nivel pedagógico institucional (áreas cognitivas).
b-      Nivel de la educación popular (se preocupa por la problemática social del país).
c-      Nivel social (interacción escuela-sociedad).

4.     4.  La educación vigente en el país es neoliberal, lo que se espera conseguir entonces es crear un paradigma pedagógico trasformador para el gran cambio cualitativo de la sociedad peruana.

5.     5.  Este modelo se pone a consideración de los maestros del Perú, ero sus antecedentes nos demuestran una posición progresista y nacionalista preocupada por la problemática educacional.

6.     6.  El SUTEP se preocupa por la permanente aplicación de un enfoque investigador científico y coherente al servicio de los intereses del pueblo peruano y la preparación integral de la niñez y juventud peruanas.

7.      7. Los fundamentos del MPET deben constituirse en los cimientos de carácter científico para el cambio cualitativo de la educación peruana.

8.    8.  La fundación del SUTEP marcó un hito en la historia del Perú, entre otras cosas es importante señalar la aparición de su líder Horacio Zeballos, quien logró un importante espacio en las luchas populares porque pidió una educación transformadora y de calidad.

9.   9.   La educación integral implica el cuidado del Medio Ambiente que nos alberga y en pos de ello es necesaria una educación concientizadora.

10. 10. Por último, este trabajo debe ser coordinado con las universidades e institutos pedagógicos del país, para incluir dentro de la malla curricular asignaturas y especialidades como las ciencias de la Filosofía, Psicopedagogía y Ecopedagogía.








miércoles, 23 de noviembre de 2011

HABLA UNA ENCUESTA


 
Señala la caída de la aceptación por parte de la población en menos de un mes hacia la gestión del presidente Humala.
Se plantea que la baja se debe al respaldo brindado al proyecto Conga, ya que dicha encuesta se dio luego del escándalo Chehade.
Por otro lado, acompañan en este descenso el Congreso, los ministros y obviamente el segundo presidente Omar Chehade.




¿CON GUITARRA Y CON CAJÓN?


Carlos Tapia comienza dando una breve introducción acerca del papel de las campañas presidenciales y posteriormente acerca de lo que realmente sucede cuando se llega al poder.
El apoyo de los derechistas o centroizquierdistas a la decisión de Humala por avalar el proyecto Conga, genera la antítesis por parte de la gente de la región, quien toma la noticia como un baldazo de agua fría.

Sin embargo sería necesario precisar que la mejor decisión tendría que haber implicado a demás la protección de los recursos naturales, es decir la conservación de nuestro medio ambiente y en especial del agua.


                                             


HAY QUE CONSTRUIR UN PODER MILITAR DISUASIVO:

El tema abordado brevemente  es el armamentismo chileno y que genera una gran preocupación, ya que según muchos analistas ellos esperarán los resultados de la Haya y nuestro país se encuentra vulnerable.

OLLANTA TIENE QUE DEFINIRSE

Nelson Manrique advierte que tras la decisión del gobierno de avalar el proyecto Conga, el presidente Humala tiene la responsabilidad de decidir si opta por sus compromisos de campaña o por un rumbo neoliberal que generaría una grave crisis en el país.
Propuestas:
§  No a la minería.
§  Minería e inversión extranjera sin regulaciones.

La responsabilidad del gobierno radica en encontrar una salida y defender los intereses de la minería, el Estado y la población en su conjunto.

La pronunciación del presidente ha sido que no aceptará presiones de ningún tipo.
El grave debate gira en torno al establecimiento de una política neoliberal en nuestro país y las implicancias que ésta traería.




DISCURSO OFRECIDO DURANTE LA ENTREGA DEL PREMIO NÓBEL DE LITERATURA, 8 DE DICIEMBRE DE 1982 A GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ:

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros, y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana encargada de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general Gabriel García Morena gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en Paris en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. Ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto, 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi 120 mil, que es como si hoy no se supiera donde están todos los habitantes de la cuidad de Uppsala. Numerosas mujeres encintas fueron arrestadas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aun se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 12 % por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construirse su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de la incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre estos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.¨